En los Montes de María, a 72 kilómetros de Cartagena, existe un territorio donde la vida cotidiana adquirió otro significado después de los azotes de la violencia. María La Baja no se cuenta únicamente desde sus paisajes, su riqueza agrícola o la belleza de su ciénaga. Se cuenta también, desde las voces de una comunidad que aprendió a reconstruirse después del dolor.
“En Mampuján lo bonito es estar vivos”, esta es una de las primeras frases que se escucha al llegar a este destino y que terminó convirtiéndose en la mejor manera de entender este rincón del departamento de Bolívar. Porque hablar de María La Baja, implica recorrer una historia atravesada por la resistencia afrodescendiente, la memoria histórica y una apuesta colectiva por sanar.
El municipio hizo parte de los cerca de ochenta palenques fundados por comunidades afro que escaparon de la esclavitud durante la colonia española. Esa raíz sigue viva en sus costumbres, en la cocina, en el bullerengue y en la manera en que sus habitantes defienden el territorio.
Aquí, la memoria no es simplemente dialéctica, es una práctica diaria.
Un territorio que aprendió a sanar
En el corregimiento de Mampuján, el conflicto armado dejó una de las heridas más profundas de los Montes de María. Los grupos paramilitares acusaban a los pobladores de tener vínculos con la guerrilla, y el miedo terminó desplazando a cerca de 300 familias. Sin embargo, años después, la comunidad decidió transformar ese dolor en un ejercicio colectivo de reconciliación.
El Museo de Arte y Memoria de Mampuján es quizás el lugar donde mejor se entiende lo que significa María La Baja. Allí, las historias no están escritas únicamente en textos o fotografías: están cosidas sobre telares elaborados por mujeres víctimas del conflicto armado.
Cada tapiz relata escenas reales del desplazamiento, del miedo y también de la recuperación emocional. Los colores, las figuras y hasta la disposición del museo fueron definidos en consenso por la propia comunidad. Nada está puesto al azar.
Durante el recorrido, las mujeres cuentan cómo encontraron en el arte una manera de tramitar el dolor. “Nos dimos cuenta de que podíamos ir haciendo catarsis, tratando ese dolor que el conflicto había causado”, relatan mientras muestran uno de los telares más conocidos sobre el desplazamiento ocurrido entre el 10 y 11 de marzo del 2000.
Hablan sin lágrimas. No porque olvidaran, sino porque aprendieron a sanar.
Otra de las frases que queda suspendida en el ambiente resume el sentido de ese proceso y es quizás una de las mejores lecciones de reconciliación que se pueden aprender en este país: “Un corazón resentido no perdona, y un corazón que no perdona jamás puede construir paz”
Pocas poblaciones enseñan tan claramente el valor del perdón como aquellas que fueron golpeadas por la violencia.
El bullerengue como identidad
La historia de María La Baja también se canta. El bullerengue acompaña casi cada momento del viaje y funciona como una memoria oral que conecta generaciones. “Bullerengue somos de corazón, pueblos afro con raíces africanas”, repiten sus habitantes.
En el municipio sobreviven los tres ritmos tradicionales del bullerengue: sentao, chalupa y fandango. Agrupaciones como “Las Cumbias de Mi Tambo” mantienen viva una tradición que no se presenta únicamente como espectáculo turístico, sino como parte esencial de la identidad marialabajense.
La música aparece entre risas, conversaciones y encuentros cotidianos. Lo mismo sucede con la champeta, otro de los sonidos que marcan el carácter festivo del territorio. Aquí la gente no solo baila, sino que habla fuerte, se ríe fuerte y recibe al visitante como si llegara a la casa de un familiar.
La riqueza de lo simple
Uno de los mayores descubrimientos en María La Baja, es entender que el turismo no gira alrededor de grandes monumentos ni de experiencias artificiales. El atractivo está en lo cotidiano.
En los desayunos servidos con bollos tradicionales, en la chicha de arroz compartida bajo la sombra, en las mujeres que preparan fritos como sustento familiar o en las artesanas que trabajan palma de iraca, fique y totumas para recuperar tradiciones que parecían desaparecer.
Las totumas, por ejemplo, hacen parte del recibimiento a los visitantes porque representan una manera de recordar el origen y la identidad afrodescendiente del territorio.
También está la gastronomía heredada de generaciones anteriores. El pastel tradicional, inspirado en las comidas preparadas durante la época de la esclavitud, sigue ocupando un lugar importante en la cocina local. Lo mismo ocurre con pescados típicos como la arenca.
Detrás de cada preparación hay una historia familiar.
Naturaleza que convive con la memoria
La ciénaga de María La Baja, con cerca de 4.700 hectáreas, completa el paisaje de este municipio agrícola donde predominan cultivos como arroz, yuca y ñame.
Durante las temporadas secas aparecen algunas de las mejores oportunidades para el avistamiento de aves. Entre ellas sobresale la oropéndola, conocida también como “Rabo hediondo”, famosa por construir largos nidos en los árboles más altos para despistar depredadores.
En sectores como la reserva natural Las Montañitas de San Pablo, la naturaleza parece avanzar al mismo ritmo pausado de las conversaciones comunitarias.
Y quizá ahí reside una de las mayores lecciones de María La Baja: aprender a detenerse, aprender a escuchar. A entender que la reconciliación no siempre ocurre en grandes escenarios políticos, sino también en pequeños actos cotidianos: cantar, cocinar, coser, bailar o compartir la palabra.
Porque el mayor producto turístico de María La Baja no son sus paisajes ni sus monumentos. Es la posibilidad de encontrarse con una comunidad que decidió no quedarse atrapada en el dolor y que hoy transforma la memoria en una forma de dignidad colectiva.













Fotos: Archivo propio